Fue en aquella época que rezó como un desesperado de noche y de día, pero sobre todo de noche. Un compañero de la cama de al lado rezaba el Salmo 88 y, de tanto oírlo, aprendió.
Señor mi Dios.
Te suplico de día y de noche.
Si busco tu presencia
me quejo.
Espero que hasta ti llegue
mi oración.
Mi alma está
al borde del abismo
con tantas pruebas.
No soy un hombre,
soy un niño y
estoy acabado. Apiádate.
En estas camas que
habitamos, parecemos
todos muertos
¿y tú ya no te acuerdas?
Dejad que los niños se acerquen a mí.
Me han dicho que decías,
y sin embargo tu cólera
ha pasado sobre mí.
Te pido auxilio.
No entiendo de este
terror y delirio.
Señor, soy un niño.
Señor mi Dios.
Te suplico de día y de noche.
Si busco tu presencia
me quejo.
Espero que hasta ti llegue
mi oración.
Mi alma está
al borde del abismo
con tantas pruebas.
No soy un hombre,
soy un niño y
estoy acabado. Apiádate.
En estas camas que
habitamos, parecemos
todos muertos
¿y tú ya no te acuerdas?
Dejad que los niños se acerquen a mí.
Me han dicho que decías,
y sin embargo tu cólera
ha pasado sobre mí.
Te pido auxilio.
No entiendo de este
terror y delirio.
Señor, soy un niño.
